El día que aprendí a andar

Sólo caí. Y caí. Y volver a caer. Pero me levanté. Una vez. Y otra. Y otra más. Y así hasta que aprendí que después de caerme siempre debía levantarme para poder seguir probando y caer, y caer más, y levantarme, levantarme más. Porque esa era la única forma de aprender a andar.

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One thought on “El día que aprendí a andar

  1. Pues yo no me solté de la mano en lo alto hasta el día que tuve la seguridad de que no iba a caer. Y nunca me caí. Fijo que eso tiene muchas cosas subconscientes intrínsecas.

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