Confesiones

Y aquella tarde la bella Sarah se dirigió a él. Su voz sonaba nerviosa, pero sus palabras eran graves y claras, como si las hubiera repetido ya muchas veces antes:

– Ahora que has decidido sincerarte conmigo es cuando me doy cuenta de todo el tiempo que he invertido para oírtelo decir y las pocas ganas que tengo de hacerlo. Estoy cansada. Cansada de tener que esforzarme por agradarte para que pienses que soy genial, para que me mires y veas a alguien especial, verdadero, alguien que te haga sentir que no hay nadie mejor para ti. Y todo para hacer que te enamores de alguien que no soy. Esto es ridículo – se tapó la cara con las manos – ya no tenemos veinte años, estas cosas no deberían pasar a esta edad.

La cara de Rowan había ido cambiando paulatinamente desde el instante en que Sarah se le había acercado y había empezado su confesión. De ansiosa y expectante a calmada y aliviada. Estaba preparado, lo había estado esperando desde hace mucho tiempo.

– No eres la chica de la que no me he enamorado, de eso estoy seguro. No eres verdadera, ni eres genial ni especial. – Sarah agachó la cabeza, dejando que la melena le cubriera parte de la cara. Pero Rowan no se detuvo ahí. – Eres más que eso. No sé mucho de relaciones, la verdad, pero soy capaz de entender lo que siento. Y entiendo que sólo siento esto cuando tú estás cerca, cuando hablo contigo.

Sarah se sintió morir. Carraspeó para sentir que su garganta seguía ahí. Esto había llegado demasiado lejos. Había que acabar cuando antes, con todo. Necesitaba algo aún más drástico…y rápido, antes de que su corazón se hiciera cargo de la situación.

– No lo entiendes. No era por amor, sólo me atraía la posibilidad de conseguirte. Un juego de niños, y ya está. Era sólo…curiosidad.

Y dicho esto se dió media vuelta y empezó a andar hacia los lavabos, sin volver la vista atrás, consciente de que las lágrimas estaban siguiendo el camino correcto en dirección a sus mejillas, y de que el único hombre que la había amado en toda su vida la odiaría para siempre. ¿Por qué no podía ella ser capaz de amar como todo el mundo? ¿Por qué ese miedo irracional y las excusas cada vez más elaboradas para conseguir negarse lo que tanto ansiaba? La paradoja de su mente-corazón suponía la muerte en vida de sus sueños, de sus anhelos, de todo su ser.

Fue entonces cuando Sarah, la bella Sarah, se dió cuenta de que había muerto mucho antes de haber siquiera vivido.

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